18/6/10

Homilía de Monseñor Hugo Barrantes Ureña, Arzobispo de San José, Costa Rica, en la Santa Misa de Clausura del Año Sacerdotal

Homilía de Monseñor Hugo Barrantes Ureña,

Arzobispo de San José, Costa Rica, en la

Santa Misa de Clausura del Año Sacerdotal


Viernes 18 de Junio del Año del Señor 2010


HOMILÍA EN LA CLAUSURA AÑO SACERDOTAL


Catedral Metropolitana, 11 Junio 2010.


El Papa Benedicto XVI convocó, oficialmente, un Año Sacerdotal con ocasión del 150 Aniversario de la muerte de Juan María Vianney. Se inició con la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús del 2009 y se clausura hoy, en la misma Solemnidad.


“El Sacerdocio es el Amor del Corazón de Jesús”, repetía con frecuencia el Santo Cura de Ars. Esta definición de San Juan María Vianney está llena de sabiduría evangélica. “Pedro, ¿me amas?... Apacienta mis corderos” (San Juan 23, 15-17). Amar y apacentar, estas admirables palabras del Señor, no son cosas distintas: porque pastorear, cuidar las almas, es algo que se hace con un Amor que significa estar fundido con el Amor de Jesucristo… En todo caso, seremos Curas de almas en la medida en que sepamos pastorear, esto es, amar, con el Amor del propio Jesucristo” (Benedicto XVI).


Las lecturas de la Solemnidad de hoy derraman abundante luz para acercarnos a ese Misterio del Amor incondicional que Dios mantiene y que en el Corazón de Jesús se revela claramente.


I. Lecturas: Dios es Amor.


1. Dios apacienta su rebaño (Ezequiel 34, 11-16).


“Yo mismo en persona buscaré a mis ovejas siguiendo su rastro”. Esta imagen del Pastor, diseminada por el Antiguo Testamento, se la aplica Jeremías a Dios (48, 15) que hace de Él el “Pastor de Israel”. Esta misma imagen la recogen numerosos Salmos. El Salmo 22, que hemos recitado, expresa la realidad de la experiencia vivida por el Pueblo de Dios, que conducido por su Pastor se siente gozoso, libre de toda aflicción. El Señor buscará la oveja perdida: “Buscaré las ovejas perdidas, haré volver a las descarriadas, vendaré a las heridas, curaré a las enfermas; a las gordas y fuertes las guardaré y las apacentaré debidamente”.


La Parábola proclamada en el Evangelio y esta Profecía de Ezequiel son el verdadero Retrato de Dios, valedero para siempre. Por otra parte, Él mismo se presenta así a cada uno de nosotros.


2. 2da. Lectura: La prueba de que es Pastor y de que nos ama (Romanos 5, 5-11).


San Pablo, en su Carta a los Romanos, quiere expresar la realidad de este papel de Pastor, adoptado por Dios. “La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros”. Anteriormente había afirmado el Apóstol que el Amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado. Esto hace que podamos vivir con serenidad, con seguridad, incluso que podamos gloriarnos del Dios que nos ha amado tanto y nos sigue amando.


3. Evangelio: Somos buscados y encontrados. (San Lucas 15, 3-7)


El Amor de Dios a los hombres se expresa aquí mediante una Parábola conocida y siempre emotiva: la de la oveja perdida, angustiosamente buscada, a la que el Pastor coloca sobre sus hombros al encontrarla y por cuyo hallazgo se celebra una fiesta: “He encontrado la oveja que se me había perdido” (San Lucas 15, 3-7). No puede expresarse mejor el Amor solícito con que Dios nos ama. Acude a la memoria el pasaje del Evangelio de Juan en que Cristo dice: “…la voluntad del Padre que me ha enviado es que no pierda nada de lo que Él me dio” y también: “Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna: no perecerán para siempre y nadie las arrebatará de mi mano” (San Juan 10, 27-28); o “Yo doy mi vida por las ovejas” (San Juan 10, 15). Esta Parábola, sin duda, es una buena expresión de la Misericordia de Dios, que no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y que viva. (cf. Ezequiel 18, 23).


Podemos decir que Dios se especializa en objetos “perdidos”. El Sacerdote, hoy, además de buen pastor, debe ser un excelente pescador.


II. El Cura de Ars.


El secreto del Cura de Ars es que, sintiéndose amado por Dios, habiendo bebido de la fuente de Amor que brota del Corazón de Cristo, abierto por la lanza del soldado, hizo de su vida Sacerdotal una entrega amorosa a Cristo.


En el marco del Año Sacerdotal, la Iglesia ha propuesto el ejemplo de San Juan María Vianney, como un modelo preclaro de Sacerdote entregado para la Salvación de los que Cristo le confió. Sabemos que el secreto de su eficacia apostólica se encontraba en su vida austera, pobre, obediente, y sobre todo, en su inmensa caridad y celo apostólico que le llevaba a considerar pequeño cualquier sacrificio con tal de querer acercar a los demás a Dios.



El Papa Juan Pablo II, en la Carta a los Sacerdotes del año 1986 lo recuerda con estas palabras:


“Cuántas cruces se le presentaron al Cura de Ars en su Ministerio: calumnias de la gente, incomprensiones de un vicario coadjutor o de otros Sacerdotes, contradicciones, una lucha misteriosa contra los poderes del infierno y, a veces, incluso la tentación de la desesperanza en la noche Espiritual del alma. No obstante, no se contentó con aceptar estas pruebas sin quejarse; salía al encuentro de la mortificación imponiéndose ayunos continuos, así como otras rigurosas maneras de “reducir su cuerpo a servidumbre” como dice San Pablo. Más, lo que hay que ver en estas formas de penitencia a las que, por desgracia, nuestro tiempo no está acostumbrado, son sus motivaciones: el Amor a Dios y la conversión de los pecadores. Así interpela a un hermano Sacerdote desanimado: “Ha rezado… ha gemido… pero ¿ha ayunado, ha pasado noches en vela…?. Es la evocación de aquella admonición de Jesús a los Apóstoles: “Esta raza no puede ser lanzada sino por la oración y el ayuno”.


Podría decirse que Juan María Vianney quería, en cierto modo, arrancar a Dios las Gracias de la conversión no sólamente con sus Oraciones, sino también con el sacrificio de toda su vida. Quería amar a Dios por todos aquellos que no le amaban y a la vez, suplir en buena parte las penitencias que ellos no hacían. Era realmente el Pastor siempre solidario con su pueblo pecador.


Amados hermanos, Sacerdotes, no tengamos miedo a este compromiso personal marcado por la ascesis e inspirado por el Amor que Dios nos pide para ejercer dignamente nuestro Sacerdocio. Recordemos la reciente Reflexión de los Padres sinodales: “Nos parece que en las dificultades actuales Dios quiere enseñarnos, la manera más profunda, el valor, la importancia y la centralidad de la Cruz de Jesucristo. En el Sacerdote, Cristo vuelve a vivir su Pasión por las almas. Demos gracias a Dios que de este modo nos permite participar en la Redención con nuestro corazón y con nuestra propia carne”.


III. Momento Difícil.


Este “Año Sacerdotal” coincidió con algunos escándalos, secundados con una campaña mediática que cuestionó la figura del Sacerdote Católico.


La Iglesia es la barca de Pedro, navega en la tormenta, es de origen divino, pero sus miembros somos humanos; esto provoca crisis. Las crisis deben llevarnos a corregir, a pedir perdón, a enmendar. Algunos se valen de las mismas para intentar destruir.



Estar obligado a la veracidad y a la verdad no significa que uno deba decir, siempre, de otro más que cosas buenas. La virtud de la veracidad exige que en determinada circunstancia estemos dispuestos a descubrir fallos de otros, sobre todo cuando el fallo de un individuo daña el bien común. Lo que no está justificado son los juicios globales negativos. Se recogen algunos casos negativos y se infiere de ellos la conducta global de todo un grupo. Es el caso de los dolorosos actos de pederastia entre algunos Sacerdotes. Se ha hecho, injustamente, un juicio global: tales circunstancias se dan exclusivamente en la Iglesia Católica y la causa es el celibato sacerdotal. Dos afirmaciones, dos juicios globales falsos. Esto nos hace pensar en una campaña mediática anticatólica.


Antes de elegir a sus primeros Discípulos, Jesús subió a la montaña a orar toda la noche. Esto significa que Jesús no eligió a Judas para que lo traicionara; lo eligió para que fuera fiel como todos los demás Apóstoles. Pero Judas era libre y permitió que Satanás entrara en él, y se convirtió en un terrible traidor. Olvidó que era una vasija de barro, no escuchó la advertencia de Cristo: “Velad y orad, para que no caigáis en tentación; el espíritu está pronto, pero la carne es débil”. (San Marcos 14, 38).


Los elegidos de Dios podemos traicionarlo. Pero, la Iglesia no se centró en el escándalo de Judas; si hubiera sido así, la Iglesia hubiera estado acabada antes de comenzar a crecer. La Iglesia reconoce que no se juzga algo por aquellos que no lo viven, sino por quienes sí lo viven.


Los once, también hechos de barro, cobraron ánimo y siguieron adelante. Es curioso que los medios casi nunca prestan atención a los buenos “once”; a tantos santos Sacerdotes que vivieron y viven una vida de silenciosa Santidad.


En la Carta a los Católicos de Irlanda sobre los abusos a menores perpetrados por eclesiásticos, el Papa reconoce los “errores” con humildad, y manifiesta, en nombre de la Iglesia, “vergüenza y remordimiento”. El Papa habla de catarsis, transparencia, reparación, renovación.


Hablando de los factores que contribuyen al problema, el Papa enumera entre ellos: “procedimientos inadecuados para determinar la idoneidad de los candidatos al Sacerdocio y a la Vida Religiosa, insuficiente formación humana, moral, intelectual y espiritual en los Seminarios y Noviciados”.


Sin duda, debemos tomar nota de esta advertencia del Papa.


Toda crisis que enfrenta la Iglesia, toda crisis que el mundo enfrenta, es una crisis de Santidad. La Santidad es crucial, porque es el rostro auténtico de la Iglesia. Precisamente uno de los objetivos del Año Sacerdotal, en palabras del Papa Benedicto XVI es: “promover el compromiso de renovación interior de todos los Sacerdotes, para que su testimonio evangélico en el mundo de hoy sea más intenso e incisivo”.


Todos tenemos la vocación de ser Santos, ¡incluyendo los laicos! Esta crisis es una llamada para que despertemos. Estos son tiempos duros para ser Sacerdotes, son tiempos duros para ser Católicos. Sólo se logra nadando contra corriente, yendo contra la moda. Pero también son tiempos magníficos para ser un Sacerdote hoy y tiempos magníficos para ser Católicos hoy.


Ante esta crisis que he mencionado, el Papa en una audacia nacida del Evangelio, ha reconocido sin vacilaciones el mal cometido por Sacerdotes y Religiosos, les ha exhortado a que asuman sus responsabilidades, ha condenado el modo erróneo de gestionar algunos casos por parte de las Autoridades Eclesiásticas, ha expresado todo el descontento que sentía por los hechos y ha tomado las medidas necesarias para evitar que se repitan.


A su vez, el Papa es consciente de que el hecho de cumplir las condenas, o el arrepentimiento y la penitencia de los autores de los abusos nunca serán suficientes para reparar el daño causado a las víctimas y a ellos mismos.


Pero, el Papa mismo abre una puerta a la esperanza, consciente de la dificultad de las víctimas y de los culpables, se atreve a rezar para que, acercándose a Cristo y participando de la vida de la Iglesia, puedan “llegar a redescubrir el infinito Amor de Cristo por cada uno de vosotros”, el Único capaz de sanar sus heridas y de reconstruir su vida. El Amor y la Misericordia, que brotan del Corazón de Cristo, herido por nuestros pecados, no niegan el pecado, pero abren siempre, para nosotros los pecadores, una puerta a la Esperanza y al Perdón.


IV. La Identidad Sacerdotal:


Uno de los objetivos del “Año Sacerdotal” ha sido fortalecer la identidad del Sacerdote. Son iluminadoras las palabras orientadoras del Papa Benedicto XVI (Congreso Teológico, 12-3-2010).


“El tema de la Identidad Sacerdotal, objeto de vuestra primera jornada de estudio, resulta determinante para el ejercicio del Sacerdocio Ministerial en el presente y en el futuro. En una época como la nuestra, tan «policéntrica» y tendente a difuminar todo tipo de concepción identitaria —considerada por muchos contraria a la libertad y a la democracia—, importa tener muy clara la peculiaridad teológica del Ministerio Ordenado para no ceder a la tentación de reducir éste a las categorías culturales dominantes. En un contexto de secularización extendida, que excluye progresivamente a Dios de la esfera pública y, tendencialmente, también de la conciencia social común, a menudo el Sacerdote resulta «extraño» al sentir común precisamente por los aspectos más fundamentales de su Ministerio, como los de ser hombre de lo Sagrado, sustraído al mundo para interceder a favor del mundo, constituido en dicha Misión por Dios y no por los hombres (cf. Hebreos 5, 1). Por este motivo importa superar peligrosos reduccionismos que, durante los últimos decenios, empleando categorías más funcionalistas que ontológicas, han presentado al Sacerdote como una especie de «operador social», amenazando así con traicionar el mismo Sacerdocio de Cristo.


Queridos hermanos Sacerdotes: En el tiempo en que vivimos, importa particularmente que la llamada a participar en el único Sacerdocio de Cristo a través del Ministerio Ordenado, florezca en el «carisma de la profecía». Hay gran necesidad de Sacerdotes que hablen de Dios al mundo y que presenten el mundo a Dios; de hombres no sujetos a efímeras modas culturales, sino capaces de vivir auténticamente esa libertad que sólo la certeza de la pertenencia a Dios puede dar. Como vuestro Congreso ha subrayado con acierto, la profecía más necesaria hoy en día es la de la fidelidad, la cual, arrancando de la Fidelidad de Cristo a la Humanidad, a través de la Iglesia y del Sacerdocio Ministerial, ha de llevar a vivir el propio Sacerdocio en adhesión total a Cristo y a la Iglesia. Y es que el Sacerdote no se pertenece ya a sí mismo, sino que, en virtud del carácter sacramental recibido (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1563 y 1582), es «propiedad» de Dios. Este su «ser de Otro» debe ser reconocible por todos por medio de un testimonio puro.


En su forma de pensar, de hablar, de enjuiciar los hechos del mundo, de servir y amar, de relacionarse con las personas, incluso en su vestimenta, el Sacerdote debe tomar fuerza profética de su pertenencia sacramental, de su ser profundo. Por consiguiente, debe poner toda atención en sustraerse a la mentalidad dominante, que tiende a asociar el valor del Ministro no a su ser, sino sólo a su función, desestimando así la Obra de Dios, que incide en la identidad profunda de la persona del Sacerdote, configurándolo consigo de manera definitiva (cf. ibíd., n. 1583).


El horizonte de la pertenencia ontológica a Dios constituye, además, el marco adecuado para comprender y reafirmar, también en nuestros días, el valor del sagrado celibato, que en la Iglesia latina es un carisma exigido con vistas al Orden sagrado (cf. Presbyterorum ordinis, n. 16) y es tenido en grandísima consideración en las Iglesias orientales (cf. CCEO, can. 373). Es auténtica profecía del Reino, signo de la consagración con corazón íntegro al Señor y a las «cosas del Señor» (1 Corintios 7, 32), expresión de la entrega de sí a Dios y a los demás (cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 1579).


Es la del Sacerdote, pues, una altísima Vocación que sigue siendo un gran misterio aún para quienes la hemos recibido como don. Nuestras limitaciones y nuestras debilidades han de inducirnos a vivir y a custodiar con profunda Fe semejante don valioso con el que Cristo nos ha configurado consigo, haciéndonos partícipes de su Misión Salvífica. En efecto, la comprensión del Sacerdocio Ministerial está ligada a la Fe y requiere, de manera cada vez más enérgica, una continuidad radical entre la formación recibida en el Seminario y la formación permanente. La vida profética sin transacciones con la que sirvamos a Dios y al mundo, anunciando el Evangelio y celebrando los Sacramentos, favorecerá el advenimiento del Reino de Dios ya presente y el crecimiento del Pueblo de Dios en la Fe.


Amadísimos sacerdotes: Los hombres y las mujeres de nuestro tiempo sólo nos piden que seamos hasta el final Sacerdotes y nada más. Los fieles laicos podrán encontrar en muchas otras personas lo que humanamente necesiten, pero sólo en el Sacerdote hallarán esa Palabra de Dios que debe florecer siempre en su boca (cf. Presbyterorum ordinis, n. 4); la Misericordia del Padre, dispensada abundante y gratuitamente en el Sacramento de la Reconciliación; el Pan de Vida nueva, «verdadero Alimento dado a los hombres» (cf. Himno del Oficio de Lecturas de la Solemnidad del Corpus Christi según el Rito Romano). Roguemos a Dios, por intercesión de la Bienaventurada Virgen María y de San Juan María Vianney, que podamos darle gracias cada día por el don de nuestra Vocación y vivir con fidelidad plena y gozosa nuestro Sacerdocio”.


V. El Sacerdote que queremos


El Jueves Santo del 2001 los Obispos de Costa Rica dirigimos un Mensaje a nuestros Sacerdotes con el título: El sacerdote que queremos. Hoy hago mías las primeras palabras que fueron de gratitud. “Nuestra primera palabra es de gratitud por el esfuerzo enorme que ustedes realizan en la obra de Evangelización de nuestros pueblos… Este Mensaje… es en verdad, una palabra de aliento y estímulo en la tarea que realizan con tanta dedicación y además tengan la certeza de que estamos apoyándolos con nuestra Plegaria y con nuestra solicitud pastoral”.


Quiero pedirles que, en diversos momentos tomemos en nuestras manos ese Mensaje, EL SACERDOTE QUE QUEREMOS, y lo hagamos objeto de nuestra reflexión y meditación. Los frutos serán abundantes.


1. La Caridad Pastoral, es el elemento que da unidad y sentido a toda nuestra actividad, entrega y acción pastoral. Así expresaba esta verdad el Papa Juan Pablo II: “El principio interior, la virtud que anima y guía la vida espiritual del Presbítero en cuanto configurado con Cristo Cabeza y Pastor, es la Caridad Pastoral, participación de la misma Caridad Pastoral de Jesucristo… Esta misma Caridad Pastoral constituye el principio interior y dinámico, capaz de unificar las múltiples y diversas actividades del Sacerdote” (P.D.V. 23).


El Ministerio Sacerdotal es un “Oficio de Amor”, según la conocida frase de San Agustín. “El Sacerdocio es el Amor del Corazón de Jesús” solía repetir el Santo Cura de Ars. Esta expresión no es una metáfora; participamos, por Gracia, del Amor de Cristo, nuestro Modelo es Cristo, en nuestro Ministerio debemos transparentar los Sentimientos y Actitudes de Cristo Buen Pastor. En las lecturas de esta Solemnidad hemos oído que el Buen Pastor da la vida por las ovejas, se preocupa por la oveja perdida, hoy diríamos por “los alejados”, conoce cada oveja porque es cercano a ellas.


El Sacerdote debe tener entrañas de Amor y Misericordia. El Sacerdote se sabe amado y por eso ama. “La puerta está abierta, pero más el corazón”, escribió un Párroco en la puerta de su oficina.



Se hace la siguiente comparación. El río Jordán, en su curso, forma dos mares: el mar de Galilea y el mar Muerto. El primero rebosa de vida y de peces; el segundo es literalmente un mar Muerto. ¿La razón? El mar de Galilea recibe las aguas del Jordán, pero no las retiene sólo para sí, sino que las deja fluir: deja que el río vuelva a seguir su curso para regar todo el valle. El mar Muerto no tiene desaguaderos, se guarda para sí las aguas del río y está muerto. A nosotros, Sacerdotes, nos toca elegir si queremos ser, en la vida, un mar de Galilea o un mar Muerto. En otras palabras; si amamos y nos damos a los demás o nos encerramos en nuestro egoísmo.


2. Pero, ¿cómo alimentar la Caridad Pastoral? Con la Oración.


San Alfonso María de Ligorio afirma que: “lo que une y estrecha el alma con Dios es el Amor; pero el horno en que este Amor divino se inflama es la Oración o Meditación.


A este respecto enseña el Cura de Ars: “La Oración es la mejor arma que tenemos: es la llave que abre el corazón del Buen Dios. Debemos hablarle a Jesús, no sólo con los labios, sino con el corazón. Si mucho ayuda al Sacerdote hacer el bien, más ayuda su vida de Oración, fuente de un maravilloso apostolado”.


“El mejor regalo para un Sacerdote es la Oración, y el mejor regalo de un Sacerdote es la Oración”.


El Papa Benedicto XVI nos confirma esto diciendo:


“Debemos convencernos de que los momentos de Oración son los más importantes en la vida del Sacerdote, los momentos en que actúa con más eficacia la Gracia divina, dando fecundidad a su Ministerio. Orar es el primer servicio que es preciso prestar a la comunidad. Por eso, los momentos de Oración deben tener una verdadera prioridad en nuestra vida”.


VI. Agradecimiento.


Es de bien nacidos ser agradecidos. Quiero expresar mis más sentidas palabras para agradecer a la Vicaría Episcopal para la Vida del Clero, guiada por el Padre Eliécer Figueroa Quesada, por el extraordinario trabajo realizado durante este Año Sacerdotal.


El elenco o memoria de actividades que me entregó el Padre Eliécer supera lo que, en un primer momento, habíamos esperado.


El Eco Católico y Radio Fides programaron actividades de un gran impacto en los fieles. Los miembros de la Vida Consagrada y la Pastoral Juvenil hicieron Horas Santas en la Catedral Metropolitana. Las actividades que asumieron algunas Vicarías Foráneas y Parroquias motivaron fuertemente al Pueblo de Dios. Hoy un numeroso grupo de Catequistas nos acompañan junto a otros fieles. Nos consuela y llena de fortaleza ese sinnúmero de Oraciones, por los Sacerdotes, que han llegado hasta el Trono de Dios. Es necesario que sigan fluyendo esas Plegarias.


Es mucho el esfuerzo y abundante la semilla que se ha depositado en el surco abierto, en la Arquidiócesis, durante el Año Sacerdotal. Oremos los unos por los otros; demos gracias a Cristo que nos ha elegido, llamado y consagrado para que, siguiendo los pasos de Jesús el Buen Pastor, cada día sean más abundantes los frutos de Santidad de nuestro Presbiterio.


San Juan María Vianney, ruega por nosotros.

San José, ruega por nosotros.

Nuestra Señora de los Ángeles, ruega por nosotros.

Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confiamos.


Fuente:

http://www.arquisanjose.org/ver2/index.php?sec=informativo.php&sec3=&id=1598


Homilía de Su Santidad Benedicto XVI en la Santa Misa de Clausura del Año Sacerdotal, Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús

Homilía de Su Santidad Benedicto XVI en la

Santa Misa de Clausura del Año Sacerdotal,

Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús


Viernes 18 de Junio del Año del Señor 2010


CLAUSURA DEL AÑO SACERDOTAL

SANTA MISA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI


Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús

Plaza de San Pedro

Viernes 11 de Junio de 2010


Queridos hermanos en el Ministerio Sacerdotal,

queridos hermanos y hermanas:


El Año Sacerdotal que hemos celebrado, 150 años después de la muerte del Santo Cura de Ars, modelo del Ministerio Sacerdotal en nuestros días, llega a su fin. Nos hemos dejado guiar por el Cura de Ars para comprender de nuevo la grandeza y la belleza del Ministerio Sacerdotal. El Sacerdote no es simplemente alguien que detenta un oficio, como aquellos que toda sociedad necesita para que puedan cumplirse en ella ciertas funciones. Por el contrario, el Sacerdote hace lo que ningún ser humano puede hacer por sí mismo: pronunciar en Nombre de Cristo la palabra de Absolución de nuestros pecados, cambiando así, a partir de Dios, la situación de nuestra vida. Pronuncia sobre las Ofrendas del Pan y el Vino las Palabras de Acción de Gracias de Cristo, que son Palabras de Transustanciación, Palabras que lo hacen presente a Él mismo, el Resucitado, su Cuerpo y su Sangre, transformando así los elementos del mundo; son Palabras que abren el mundo a Dios y lo unen a Él. Por tanto, el Sacerdocio no es un simple «oficio», sino un Sacramento: Dios se vale de un hombre con sus limitaciones para estar, a través de él, presente entre los hombres y actuar en su favor. Esta Audacia de Dios, que se abandona en las manos de seres humanos; que, aún conociendo nuestras debilidades, considera a los hombres capaces de actuar y presentarse en su lugar, esta Audacia de Dios es realmente la mayor grandeza que se oculta en la palabra «Sacerdocio». Que Dios nos considere capaces de esto; que por eso llame a su servicio a hombres y, así, se una a ellos desde dentro, esto es lo que en este Año hemos querido de nuevo considerar y comprender. Queríamos despertar la alegría de que Dios esté tan cerca de nosotros, y la gratitud por el hecho de que Él se confíe a nuestra debilidad; que Él nos guíe y nos ayude día tras día. Queríamos también, así, enseñar de nuevo a los jóvenes que esta Vocación, esta comunión de servicio por Dios y con Dios, existe; más aún, que Dios está esperando nuestro «sí». Junto con la Iglesia, hemos querido destacar de nuevo que tenemos que pedir a Dios esta Vocación. Pedimos trabajadores para la mies de Dios, y esta Plegaria a Dios es, al mismo tiempo, una Llamada de Dios al corazón de jóvenes que se consideren capaces de eso mismo para lo que Dios los cree capaces. Era de esperar que al «enemigo» no le gustara que el Sacerdocio brillara de nuevo; él hubiera preferido verlo desaparecer, para que al fin Dios fuera arrojado del mundo. Y así ha ocurrido que, precisamente en este Año de alegría por el Sacramento del Sacerdocio, han salido a la luz los pecados de los Sacerdotes, sobre todo el abuso a los pequeños, en el cual el Sacerdocio, que lleva a cabo la solicitud de Dios por el Bien del hombre, se convierte en lo contrario. También nosotros pedimos perdón insistentemente a Dios y a las personas afectadas, mientras prometemos que queremos hacer todo lo posible para que semejante abuso no vuelva a suceder jamás; que en la admisión al Ministerio Sacerdotal y en la formación que prepara al mismo haremos todo lo posible para examinar la autenticidad de la Vocación; y que queremos acompañar aún más a los Sacerdotes en su camino, para que el Señor los proteja y los custodie en las situaciones dolorosas y en los peligros de la vida. Si el Año Sacerdotal hubiera sido una glorificación de nuestros logros humanos personales, habría sido destruido por estos hechos. Pero, para nosotros, se trataba precisamente de lo contrario, de sentirnos agradecidos por el don de Dios, un don que se lleva en «vasijas de barro», y que una y otra vez, a través de toda la debilidad humana, hace visible su Amor en el mundo. Así, consideramos lo ocurrido como una tarea de purificación, un quehacer que nos acompaña hacia el futuro y que nos hace reconocer y amar más aún el gran don de Dios. De este modo, el don se convierte en el compromiso de responder al Valor y la Humildad de Dios con nuestro valor y nuestra humildad. La Palabra de Cristo, que hemos entonado como Canto de Entrada en la Liturgia, puede decirnos en este momento lo que significa hacerse y ser Sacerdotes: «Cargad con mi yugo y aprended de Mí, que soy manso y humilde de Corazón» (San Mateo 11,29).



Celebramos la Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús y con la Liturgia echamos una mirada, por así decirlo, dentro del Corazón de Jesús, que al morir fue traspasado por la lanza del soldado romano. Sí, su Corazón está abierto por nosotros y ante nosotros; y con esto nos ha abierto el Corazón de Dios mismo. La Liturgia interpreta para nosotros el Lenguaje del Corazón de Jesús, que habla sobre todo de Dios como Pastor de los hombres, y así nos manifiesta el Sacerdocio de Jesús, que está arraigado en lo íntimo de su Corazón; de este modo, nos indica el perenne fundamento, así como el criterio válido de todo Ministerio Sacerdotal, que debe estar siempre anclado en el Corazón de Jesús y ser vivido a partir de Él. Quisiera meditar hoy, sobre todo, los textos con los que la Iglesia orante responde a la Palabra de Dios proclamada en las Lecturas. En esos Cantos, palabra y respuesta se compenetran. Por una parte, están tomados de la Palabra de Dios, pero, por otra, son ya al mismo tiempo la respuesta del hombre a dicha Palabra, respuesta en la que la Palabra misma se comunica y entra en nuestra vida. El más importante de estos Textos en la Liturgia de hoy es el Salmo 23 [22] —«El Señor es mi Pastor»—, en el que el Israel orante acoge la Autorrevelación de Dios como Pastor, haciendo de esto la orientación para su propia vida. «El Señor es mi Pastor, nada me falta». En este primer Versículo se expresan alegría y gratitud porque Dios está presente y cuida de nosotros. La Lectura tomada del Libro de Ezequiel empieza con el mismo tema: «Yo mismo en persona buscaré a mis ovejas, siguiendo su rastro» (Ezequiel 34,11). Dios cuida personalmente de mí, de nosotros, de la humanidad. No me ha dejado sólo, extraviado en el Universo y en una sociedad ante la cual uno se siente cada vez más desorientado. Él cuida de mí. No es un Dios lejano, para quien mi vida no cuenta casi nada. Las Religiones del mundo, por lo que podemos ver, han sabido siempre que, en último análisis, sólo hay un Dios. Pero este Dios era lejano. Abandonaba aparentemente el mundo a otras potencias y fuerzas, a otras divinidades. Había que llegar a un acuerdo con éstas. El Dios Único era bueno, pero lejano. No constituía un peligro, pero tampoco ofrecía ayuda. Por tanto, no era necesario ocuparse de Él. Él no dominaba. Extrañamente, esta idea ha resurgido en la Ilustración. Se aceptaba no obstante que el mundo presupone un Creador. Este Dios, sin embargo, habría construido el mundo, para después retirarse de él. Ahora el mundo tiene un conjunto de leyes propias según las cuales se desarrolla, y en las cuales Dios no interviene, no puede intervenir. Dios es sólo un origen remoto. Muchos, quizás, tampoco deseaban que Dios se preocupara de ellos. No querían que Dios los molestara. Pero allí donde la cercanía del Amor de Dios se percibe como molestia, el ser humano se siente mal. Es bello y consolador saber que hay una persona que me quiere y cuida de mí. Pero es mucho más decisivo que exista ese Dios que me conoce, me quiere y se preocupa por mí. «Yo conozco mis ovejas y ellas me conocen» (San Juan 10,14), dice la Iglesia antes del Evangelio con una Palabra del Señor. Dios me conoce, se preocupa de mí. Este pensamiento debería proporcionarnos realmente alegría. Dejemos que penetre intensamente en nuestro interior. En ese momento comprendemos también qué significa: Dios quiere que nosotros como Sacerdotes, en un pequeño punto de la Historia, compartamos sus preocupaciones por los hombres. Como Sacerdotes, queremos ser personas que, en comunión con su Amor por los hombres, cuidemos de ellos, les hagamos experimentar en lo concreto esta Atención de Dios. Y, por lo que se refiere al ámbito que se le confía, el Sacerdote, junto con el Señor, debería poder decir: «Yo conozco mis ovejas y ellas me conocen». «Conocer», en el sentido de la Sagrada Escritura, nunca es sólamente un saber exterior, igual que se conoce el número telefónico de una persona. «Conocer» significa estar interiormente cerca del otro. Quererle. Nosotros deberíamos tratar de «conocer» a los hombres de parte de Dios y con vistas a Dios; deberíamos tratar de caminar con ellos en la vía de la amistad de Dios.



Volvamos al Salmo. Allí se dice: «Me guía por el sendero justo, por el honor de su Nombre. Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque Tú vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan» (23 [22], 3s). El pastor muestra el camino correcto a quienes le están confiados. Los precede y guía. Digámoslo de otro modo: el Señor nos muestra cómo se realiza en modo justo nuestro ser hombres. Nos enseña el arte de ser persona. ¿Qué debo hacer para no arruinarme, para no desperdiciar mi vida con la falta de sentido? En efecto, ésta es la pregunta que todo hombre debe plantearse y que sirve para cualquier período de la vida. ¡Cuánta oscuridad hay alrededor de esta pregunta en nuestro tiempo! Siempre vuelve a nuestra mente la Palabra de Jesús, que tenía compasión por los hombres, porque estaban como ovejas sin pastor. Señor, ten piedad también de nosotros. Muéstranos el Camino. Sabemos por el Evangelio que Él es el Camino. Vivir con Cristo, seguirlo, esto significa encontrar el Sendero justo, para que nuestra vida tenga sentido y para que un día podamos decir: “Sí, vivir ha sido algo bueno”. El pueblo de Israel estaba y está agradecido a Dios, porque ha mostrado en los Mandamientos el Camino de la Vida. El gran Salmo 119 (118) es una expresión de alegría por este hecho: nosotros no andamos a tientas en la oscuridad. Dios nos ha mostrado cuál es el Camino, cómo podemos caminar de manera justa. La Vida de Jesús es una Síntesis y un Modelo Vivo de lo que afirman los Mandamientos. Así comprendemos que estas Normas de Dios no son cadenas, sino el Camino que Él nos indica. Podemos estar alegres por ellas y porque en Cristo están ante nosotros como una realidad vivida. Él mismo nos hace felices. Caminando junto a Cristo tenemos la experiencia de la alegría de la Revelación, y como Sacerdotes debemos comunicar a la gente la alegría de que nos haya mostrado el Camino justo de la Vida.



Después viene una Palabra referida a la “cañada oscura”, a través de la cual el Señor guía al hombre. El camino de cada uno de nosotros nos llevará un día a la cañada oscura de la muerte, a la que ninguno nos puede acompañar. Y Él estará allí. Cristo mismo ha descendido a la noche oscura de la muerte. Tampoco allí nos abandona. También allí nos guía. “Si me acuesto en el abismo, allí te encuentro”, dice el Salmo 139 (138). Sí, Tú estás presente también en la última fatiga, y así el Salmo Responsorial puede decir: también allí, en la cañada oscura, nada temo. Sin embargo, hablando de la cañada oscura, podemos pensar también en las cañadas oscuras de las tentaciones, del desaliento, de la prueba, que toda persona humana debe atravesar. También en estas cañadas tenebrosas de la vida Él está allí. Señor, en la oscuridad de la tentación, en las horas de la oscuridad, en que todas las luces parecen apagarse, muéstrame que Tú estás allí. Ayúdanos a nosotros, Sacerdotes, para que podamos estar junto a las personas que en esas noches oscuras nos han sido confiadas, para que podamos mostrarles tu Luz.



«Tu vara y tu cayado me sosiegan»: el pastor necesita la vara contra las bestias salvajes que quieren atacar el rebaño; contra los salteadores que buscan su botín. Junto a la vara está el cayado, que sostiene y ayuda a atravesar los lugares difíciles. Las dos cosas entran dentro del Ministerio de la Iglesia, del Ministerio del Sacerdote. También la Iglesia debe usar la vara del pastor, la vara con la que protege la Fe contra los farsantes, contra las orientaciones que son, en realidad, desorientaciones. En efecto, el uso de la vara puede ser un servicio de Amor. Hoy vemos que no se trata de Amor, cuando se toleran comportamientos indignos de la Vida Sacerdotal. Como tampoco se trata de Amor si se deja proliferar la herejía, la tergiversación y la destrucción de la Fe, como si nosotros inventáramos la Fe autónomamente. Como si ya no fuese un don de Dios, la perla preciosa que no dejamos que nos arranquen. Al mismo tiempo, sin embargo, la vara continuamente debe transformarse en el cayado del Pastor, cayado que ayude a los hombres a poder caminar por senderos difíciles y seguir a Cristo.



Al final del Salmo, se habla de la mesa preparada, del perfume con que se unge la cabeza, de la copa que rebosa, del habitar en la Casa del Señor. En el Salmo, esto muestra sobre todo la perspectiva del Gozo por la Fiesta de estar con Dios en el Templo, de ser hospedados y servidos por Él mismo, de poder habitar en su Casa. Para nosotros, que rezamos este Salmo con Cristo y con su Cuerpo que es la Iglesia, esta perspectiva de esperanza ha adquirido una amplitud y profundidad todavía más grande. Vemos en estas Palabras, por así decir, una anticipación profética del Misterio de la Eucaristía, en la que Dios mismo nos invita y se nos ofrece como Alimento, como aquel Pan y aquel Vino exquisito que son la única Respuesta última al hambre y a la sed interior del hombre. ¿Cómo no alegrarnos de estar invitados cada día a la misma Mesa de Dios y habitar en su Casa? ¿Cómo no estar alegres por haber recibido de Él este Mandato: “Haced esto en memoria mía”? Alegres porque Él nos ha permitido preparar la Mesa de Dios para los hombres, de ofrecerles su Cuerpo y su Sangre, de ofrecerles el Don precioso de su misma Presencia. Sí, podemos rezar juntos con todo el corazón las Palabras del Salmo: «Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida» (23 [22], 6).



Por último, veamos brevemente los dos Cantos de Comunión sugeridos hoy por la Iglesia en su Liturgia. Ante todo, está la Palabra con la que San Juan concluye el relato de la Crucifixión de Jesús: «uno de los soldados con la lanza le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua» (San Juan 19,34). El Corazón de Jesús es traspasado por la lanza. Se abre, y se convierte en una Fuente: el Agua y la Sangre que manan aluden a los dos Sacramentos fundamentales de los que vive la Iglesia: el Bautismo y la Eucaristía. Del Costado traspasado del Señor, de su Corazón abierto, brota la Fuente viva que mana a través de los siglos y edifica la Iglesia. El Corazón abierto es Fuente de un nuevo Río de Vida; en este contexto, Juan ciertamente ha pensado también en la Profecía de Ezequiel, que ve manar del nuevo templo un río que proporciona fecundidad y vida (Ezequiel 47): Jesús mismo es el Nuevo Templo, y su Corazón abierto es la Fuente de la que brota un Río de Vida Nueva, que se nos comunica en el Bautismo y la Eucaristía.



La Liturgia de la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, sin embargo, prevé como Canto de Comunión otra Palabra, afín a ésta, extraída del Evangelio de Juan: «El que tenga sed, que venga a Mí; el que cree en Mí que beba. Como dice la Escritura: De sus entrañas manarán torrentes de agua viva» (cfr. San Juan 7,37s). En la Fe bebemos, por así decir, del Agua Viva de la Palabra de Dios. Así, el creyente se convierte él mismo en una fuente, que da agua viva a la tierra reseca de la historia. Lo vemos en los Santos. Lo vemos en María que, como gran Mujer de Fe y de Amor, se ha convertido a lo largo de los siglos en Fuente de Fe, Amor y Vida. Cada Cristiano y cada Sacerdote deberían transformarse, a partir de Cristo, en fuente que comunica Vida a los demás. Deberíamos dar el Agua de la Vida a un mundo sediento. Señor, te damos gracias porque nos has abierto tu Corazón; porque en tu Muerte y Resurrección te has convertido en Fuente de Vida. Haz que seamos personas vivas, vivas por tu Fuente, y danos ser también nosotros fuente, de manera que podamos dar agua viva a nuestro tiempo. Te agradecemos la Gracia del Ministerio Sacerdotal. Señor, bendícenos y bendice a todos los hombres de este tiempo que están sedientos y buscando. Amén.



(...) Saludo cordialmente a los Presbíteros de Lengua Española, y pido a Dios que esta Celebración se convierta en un vigoroso impulso para seguir viviendo con gozo, humildad y esperanza su Sacerdocio, siendo Mensajeros audaces del Evangelio, Ministros fieles de los Sacramentos y Testigos elocuentes de la Caridad. Con los Sentimientos de Cristo, Buen Pastor, os invito a continuar aspirando cada día a la Santidad, sabiendo que no hay mayor felicidad en este mundo que gastar la vida por la Gloria de Dios y el Bien de las almas.


Fuente:

http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/homilies/2010/documents/hf_ben-xvi_hom_20100611_concl-anno-sac_sp.html


¡Perdure para siempre en sus almas el paisaje bellísimo de Enseñanzas del Año Sacerdotal!

¡ Perdure para siempre en sus almas el paisaje

bellísimo de Enseñanzas del Año Sacerdotal !


Viernes 18 de Junio del Año del Señor 2010


Queridos Amigos míos:


¡ Paz y Bien ! Como Ustedes saben, se ha celebrado la Clausura del Año Sacerdotal coincidiendo con la hermosísima Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús. Es posible que sintamos cierta nostalgia al despedir un Año tan maravilloso, pero hemos de animarnos con el recuerdo de todo lo bueno que vivimos, con la certeza de que nuestros queridos Sacerdotes continúan a nuestro lado, y con el compromiso sincero de seguir apoyándolos y orando por ellos en todo momento.


¿Y cómo olvidar todas las valiosísimas Lecciones que hemos aprendido en este Año Sacerdotal, en particular, de nuestro muy amado Santo Padre Benedicto XVI? ¡Él también nos ama profundamente, nos cuida y camina con nosotros hacia Dios! Guarda tan preciosas Virtudes en su alma nuestro Sumo Pontífice, que no sólo los Presbíteros están llamados a imitarlo, sino todos nosotros, la Nación Consagrada del Señor.


Apenas un leve trazo del paisaje bellísimo de Enseñanzas del Año Sacerdotal está en este Blog, pero es tan diminuto, y en cambio, es tal «la grandeza y la belleza del Ministerio Sacerdotal» (Su Santidad Benedicto XVI), que en estas páginas, con la Ayuda de Dios y de la Santísima Virgen, habrán más trazos para enriquecer ese paisaje.


Me despido de Ustedes ahora, mi querido Sacerdocio Real, dejándoles un texto sobre la expresión «Año del Señor» que empecé a utilizar hoy en la fecha. ¡Guíen sus almas a la Eternidad la Ternura de Nuestra Madre María y el Amor de Nuestro Señor Jesucristo!, Irene



EL AÑO DEL SEÑOR: LA CELEBRACIÓN ANUAL

DE LOS MISTERIOS SALVÍFICOS DE CRISTO


La Santificación del Tiempo concierne no sólo a las veinticuatro horas del día a través del Oficio Divino, sino también al Círculo del Año en el que la Iglesia «desarrolla todo el Misterio de Cristo, desde la Encarnación y el Nacimiento hasta la Ascensión, el Día de Pentecostés y la expectativa de la Feliz Esperanza y Venida del Señor» (SC 102). Ahora bien, el comienzo del Año del Señor en el Rito Latino con el primer Domingo de Adviento, a causa del transcurso de sus Tiempos Festivos y Fiestas que pasa por la Fiesta del Nacimiento del Señor, por la Celebración de la Muerte y Resurrección, de la Ascensión y el Envío del Espíritu, por el Tiempo en el Círculo del Año, cuyos últimos Domingos preparan ya de nuevo para el próximo Adviento con la Proclamación de la Segunda Venida del Señor, podría provocar la impresión de que el Año del Señor pretende (al menos para el Tiempo entre Adviento y Pentecostés) celebrar anualmente en la Celebración Litúrgica, el transcurso de la Vida de Jesús y —si se cuentan además los Domingos en el Círculo del Año— el Tiempo de la Iglesia hasta la Segunda Venida. El sentido de la Celebración del Año del Señor no puede ser el de conmemorar cronológicamente los Acontecimientos de la Vida de Jesús en una reconstrucción historizadora. Todas las Fiestas y Días conmemorativos del Año del Señor celebran la redención del hombre por medio del Único Gran Hecho de Redención del Hijo de Dios que se hizo Hombre, fue crucificado, resucitó y ascendió al Cielo, como se manifiesta y está Presente en la Celebración Litúrgica. Así, el Círculo del Año que se repite continuamente es ya una imagen de la atemporal Plenitud de Vida de Dios, que se esconde detrás del decurso del Tiempo. El contenido de la Celebración del Año es el Misterio del Encuentro de Cristo con su Iglesia, «es decir, se trata de la Celebración de los Hechos Salvíficos del Señor en el hoy de este mundo y de la Iglesia. De este modo, el Año Eclesiástico contiene de hecho muchos aspectos de la Vida del Jesús Terrenal, si bien, el Cristo de la Historia es Uno con el Cristo Elevado (Cristo de la Fe). El Año Eclesiástico es, con ello, no un mero recuerdo de Acontecimientos aislados entresacados de la Vida Terrenal de Jesús, sino la Celebración de todo el Misterio de Cristo».


Fuente:

http://www.mercaba.org/LITURGIA/KUNZLER/565-582.htm